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“Hay un patriotismo tonto, el de tomar como mérito algo tan involuntario como el lugar de nacimiento. Su reverso cabreado es el  desafecto por la idea de patria la pertenencia a un lugar o la identificación con sus símbolos. Pero hay otra opción: el afecto por lo propio porque forma parte de nosotros, no porque sean los mejores: mi familia, mi pueblo, mi país. Este afecto no es excluyente, no pone lo propio por encima de lo ajeno, y contiene el impulso para mejorarlo. Éste es mi patriotismo (que no aprendí de pequeña, sino que nació al vivir fuera de España).”

@Lupe_

En un país como España es imposible sentirse patriota.

Al menos lo es si tu ideología te coloca inevitablemente en el bando de los vencidos en la Guerra Civil. Una guerra que ya era historia cuando tú naciste pero cuyos disparos y heridas aún se sienten en tu presente y te impiden poder identificarte con tu patria o con tu bandera. Porque aquellos eran los iconos de Francisco Franco. Porque él manchó de sangre y muertos la idea de nacionalismo en nuestro país y durante muchas décadas el declarar públicamente y con orgullo el ser español era equivalente a ser partidario del régimen fascista. Porque la bandera española de la dictadura y de la democracia comparte colores, y por ello, en el bando de los vencidos, el rojo-amarillo-rojo no identifican con un país, sino con una ideología de represión y aniquilación de libertades.

Así que, como consecuencia inevitable de todo esto, cuando vivo en mi país la identidad española la tengo oculta y encerrada, atrapada en ese cajón de cosas que no se muestran públicamente por no encajar en lo que el entorno que te rodea percibe como correcto.

Al vivir en el extranjero, sin embargo, la realidad te enseña a pensar de otro modo.

Para mí, el patriotismo se expresa en la complicidad que brota con un desconocido en un aeropuerto cualquiera, ante las limitaciones que el desconocimiento de una lengua plantea.

-Pregúntale a la chica si ese sitio está ocupado – le dice ella a él, mientras tira de la manga de su abrigo.

Él me mira. Resopla. Su cerebro trabaja, buscando palabras. Nuestros ojos se cruzan. Les sonrío.

– No, no lo está, viajo sola.

Él suspira, aliviado.

“Hombre, una española”.

La sala de espera es diáfana y amplia en el aeropuerto de Bérgamo. Tras el gran ventanal que nos separa de las pistas de aterrizaje se ve el sol, que muere entre rojos y naranjas para dar paso a la noche. “¿De dónde eres? ¿Madrileña? Nosotros de Santander”. Son siete y tienen una media de 60 años. Viajan a Catania y por un retraso del avión llegan tarde a recoger el coche que habían reservado por Internet. El hombre sentado a mi lado se pone las gafas de ver de cerca. Sus dedos, de otra época, se pelean con el smartphone para realizar una llamada. “¿Parla español?”, le dice, y sonrío interiormente porque la segunda persona del presente de indicativo de la primera conjugación en italiano acaba en i y no en a, un error gramatical que cometía constantemente durante mis primeras semanas en Padova. “¿Capisci lo que digo?”. Yo sigo con la mirada puesta en mi ordenador, organizando fotos, pero la escucha en la conversación que transcurre a medio metro de distancia.

– Nada Mari Fe – dice él, girándose a ella – que no me entiende nada.

En ese momento me giro, cómplice, asintiendo con los ojos, ofreciendo ayuda con la mirada.

Él no pregunta.

“Espere un momento, que le voy a pasar con una signorina” y me da el móvil mientras me repite lo que ya sabía por la escucha indiscreta. Que si el retraso del vuelo. Que si el coche alquilado. “Es increíble, ¿verdad? – me dice – Y luego dicen que el italiano y el español se parecen”. Yo asiento, alzando las cejas y cogiendo el teléfono, porque aquel estereotipo fue el primero que la realidad de Italia me quitó, de golpe, a mi llegada.

Y entonces todo estalla, ¿entienden?

Porque tras vivir tres meses fuera de tu país, con un contacto prácticamente nulo con cualquier compatriota, observas la realidad de otra forma. Y de repente sufres un golpe de  afecto y te sientes cercano a alguien que no conoces. Porque comprendes que ellos entienden, ¿saben?

Porque ayer, mismamente, le explicaba a un ruso que en mi país, la dictadura, acabó hace muy poco. “In mil novecento settanta e cinque? Davvero?” “Sí, sí, ti lo giuro“. “Ma, SETTANTA e cinque?”.  Me repetía, perplejo, intentando entender, sin hacerlo.

Con ellos, sin embargo, no haría falta. A ellos no tendría que explicarles que nuestra dictadura acabó tan solo en 1975. Ni que Francisco Franco murió de viejo. Ni por qué al aeropuerto al que llegaré en unas horas se le añadió un “Adolfo Suárez” hace unos años. Ni que Pedro Sánchez ha dimitido. Ni que Pedro Sánchez era el presidente del PSOE. Ni qué era el PSOE. Ni qué es el PSOE. Ni que tuvimos una Guerra que era ya historia cuando yo nací pero cuyos disparos y heridas afectan al presente y dividen a nuestra España en dos mitades enfrentadas.

Que es eso, ¿lo ven? Es el compartir una Historia. Un marco cultural. Un contexto político. Un idioma. El entender un chiste, el pillar una broma.

Es el tener un significado compartido.

Es el no tener que explicar, ¿lo entienden?

Es el no tener que explicar porque

ellos

también

saben.

– ¿Que pasa entonces con el coche, José Luis?

– Todo solucionado, esta joven tan simpática nos ha ayudado.

Nos sonreímos. Hablamos un rato. Pasa una hora. Hacen turnos para darse paseos en el aeropuerto. Me ofrecen un chicle. Cuentan historias y se ríen en alto. “Yo esta noche ceno pasta en Sicilia, ya lo digo”. Sigue pasando el tiempo. El panel de salidas anuncia el número de su avión. Se levantan y recogen todo. “Jose Luis, yo me pongo ya en la cola que luego nos hacen facturar las maletas”. Me miran por última vez y me agradecen la ayuda. Me desean un buen vuelo. Nos despedimos.

Miro como visten y analizo las anécdotas comentadas acerca de sus hijos. Probablemente voten al PP.

– Y qué importa – me digo.

Qué estúpida y cobarde manía de crear dos bandos cuando una conversación de aeropuerto te sitúa inmediatamente en el mismo equipo. En ese marco cultural que compartimos por el hecho de haber nacido en el mismo sitio. Pese a nuestras diferencias o precisamente a causa de ellas, ¿entienden?

Lo reflejaba Benedetti hablando de su Uruguay, añadiendo ese sin embargo cargado de afecto

Cuando resido en este país que no sueña

cuando vivo en esta ciudad sin párpados

donde sin embargo mi mujer me entiende

y ha quedado mi infancia y envejecen mis padres

y llamo a mis amigos de vereda a vereda

y puedo ver los árboles desde mi ventana

olvidados y torpes a la tres de la tarde (…)

Lo decía Benedetti y qué razón, ¿no les parece?

Que quizás sea eso.

Que quizás mi única noción de patria

sea esta urgencia de decir Nosotros.

Que quizás mi única noción de patria,

sea este regreso al propio desconcierto.

Con lo bella que es España, señores.

Concedámonos el regalo de poder declarar ese afecto públicamente.

Se lo ruego.

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