Fausto tiene 72 años.

Viste con pantalones oscuros y camisa de rayas y en la cabeza se ajusta una gorra de coca-cola que se retira presumido cuando posa ante una cámara. Tiene el pelo gris y la barba blanca. Sobre sus ojos, unas gafas de madera redondas que agrandan su mirada al otro lado del vidrio. Habla en susurros y ríe cada dos palabras. Camina con pasos cortos y encorvando la espalda y cuando ve que donas dinero abandona por un momento el lugar que ocupa dentro de su propia obra de arte para estrecharte la mano y agradecerte el gesto.

Fausto tiene un museo en mitad de una calle, al aire libre, en el centro de Roma. Sus obras pasan desapercibidas para cualquiera que tiene ojos pero no mira. Se extienden a lo largo de un muro y sus títulos están escritos en pedazos de cartón mal cortados. En todas ellas el receptor es un elemento clave, pues su firma es esa mezcla de sorpresa cálida y asombro inesperado que estalla en ti cuando entiendes algo. La emoción que te provoca como columna vertebral que une todo su Arte.

Si ve interés en tus ojos entabla una conversación contigo. “Pero, ¿cómo lo haces? ¿Cómo se te ocurren estas cosas?” escucho que mi voz pregunta en un italiano chapurreado. “La idea sencillamente aparece en mi cabeza. Y entonces solo tengo que llevarla a la práctica”.

Por su aspecto desaliñado, la caja de donaciones al final del muro y el material reutilizado con el que construye sus obras, Fausto parece un mendigo. “Buscad mi nombre en Internet, que aparezco”, se despide, entregándonos un señalador de libros que él mismo ha diseñado. Y es así como horas más tarde descubres lo profundo de tu error al ver que en su oficio es internacionalmente conocido. El artista que, una vez más, juega contigo.

“¿Le importa que le haga una foto?”. El italiano se me queda corto y me resulta imposible explicarle la necesidad insoslayable que me golpea el pecho por dentro y que me grita que tengo que capturar en una imagen ese momento.

“Claro, son 30 euros”.

Silencio.

“Te estoy tomando el pelo, hombre. Adelante”.

Y se quita, presumido, la gorra y se dispone a posar junto a su obra.

Aquí se lo traigo. Fausto delle Chiaie, de 72 años.

Con su barba blanca, su mirada atenta, sus gafas de madera y su camisa de rayas.

Mi persona

favorita

de toda

Italia.

-Inés-

*Foto de Inés 

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