IMPRESIONISMO: intento de plasmar la luz (la “impresión visual”) y el instante, sin reparar en la identidad de aquello que la proyecta.

Buscar cobijo ante el frío en un café francés perdido.

Pedir una mesa para dos. Ordenar dos capuccinos. Frotarse los dedos. Sostener la taza entre las dos manos. Sentir su aroma sobre los labios. El viento que se escucha en la calle. El piano en el aire. El rumor de la pareja de la mesa más cercana que hablan y ríen entre susurros. El amor que se dedican que te acaricia desde lejos.  El viento en la calle. El piano en el aire.

Hacer un gesto al camarero y que te preste un bolígrafo. Comenzar a rasgar con palabras un trozo de servilleta.

Cerrar los ojos por un eterno segundo. Volver a sentirlo todo.

El sonido de la lluvia golpeando las hojas que descansan sobre el suelo, empapados de ocre y de otoño. Los árboles que rugen, golpeados por el viento. Un atardecer morado y naranja con la Torre Eiffel entre las ramas. El gótico encerrado en las ramas de un árbol en casi invierno. La muerte, delicada, posada sobre su copa. El musgo abrazando la parte alta de un tejado. Letras góticas en una capilla y flores en un primer plano. El rastro difuso de un beso en una tumba. Claveles sin nombre sobre un muerto por duelo. Y el ocre. Y el marrón. Y el rojo. Y un puro sobre un cenicero.

Detrás de los árboles, en silueta tenue de hierro, en segundo plano, invisible e inadvertida, la Torre Eiffel de-colorida.

Un desconocido que lee y escribe en el metro. Música de acordeón francés y guitarra española. Autorretrato contra cristal de rostro cubierto en invierno. El otoño empapando una escalera. Las risas de los niños tras el muro de un colegio. Una pared en la que se ama en cien idiomas diversos. La copa de un árbol en transición naranja. El eco del órgano en misa alargado con paredes y sombras. El azul de la vidriera y el naranja de sus velas.  Las sombras tranquilas del interior de una cúpula. Una iglesia sentida a través de las agujas del tiempo. La monotonía de la plancha tras el cristal de una ventana. El tráfico rojo y blanco ante el ocre de una ópera, y el cielo, de azul intenso. El reflejo gris y tenue de la torre in(ad)vertida. Su cumbre desenfocada, difuminada por la niebla. El reflejo de la luna en un charco de la calle. El brillo dorado de electricidad progresiva con el que el día de París se transmuta en la noche. Los dos años de silencio en carta, en que los dos hermanos compartieron techo.

La Navidad en un mercado. El naranja y el rojo. Distintos tonos de blanco. El azul oscuro y el claro. El dorado, el fucsia y el verde. El rojo y el gris, sobre fondo blanco.

Un tiovivo. La luz azul y amarilla. El olor a un crêpe recién hecho. Un villancico de fondo y la calidez en el pecho.

La / Paz / Que / Se Respira / En el cementerio / de Pere Lachaise / A diez minutos del centro.

Calma. Todo está en calma.

Fotografiar un Van Gogh en el río.

Encontrar a Dios en la belleza.

Descubrir en una polaca, una hermana pequeña.

Abrir los ojos. Recuperar el presente.

Escribir estas líneas en un café de Montmartre. La taza, ya tibia y vacía.

El viento en la calle.

El piano en el aire.

“(…) aunque el adjetivo “impresionista” se ha utilizado para etiquetar productos de otras artes (…) sus particulares rasgos definitorios (luz, color, pincelada, movimiento), lo hacen de muy difícil extensión, incluso para otras artes plásticas, de tal modo que suele decirse que el impresionismo en sentido estricto sólo puede darse en pintura (y quizás, en la fotografía).”

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