Despertarte en la mañana y descubrir que tienes una manta echada, sobre las sábanas.

Comprobar que estás sola en casa. Que tu hermano está en la Uni y que tu padre y tu madre trabajan.

Bueno. Sola no.

“¡Buenos días, principessa!”. Saltar de la cama y saludar a tu abuela, que resulta que ahora vive con nosotros en casa. Recordar en una frase a tu conquilina polaca. Deshacer la maleta. Poner a Taylor Swift de fondo y darle a repetir. Una vez. Y otra vez. Porque cuando me da por una canción no hay quien me la quite de la cabeza. El recuerdo de los ojos verdes, que aún descansa bajo mis párpados. Una llamada. Varios mensajes. La misma pregunta repetida. El mismo deseo por verse.

“Hoy cocino yo, abuela. Te voy a hacer un risotto… Sí, claro, es que ahora cocino, ¿qué te habías creído? ¿Allí? Sí, más o menos el precio de todo es lo mismo, y los productos son similares… Ahora, comen una de pasta… Ni te lo imaginas. Todos los días comen pasta. Sí, sí. Todos los días. Como lo oyes”

Arreglar papeles. Coger el portátil. Buscar los cascos. Comprar el abono. Coger el metro. Libro en mano, italiano en silencio.

Tu compañero siciliano que te envía un mensaje de audio. Que empieza ahora a pasar sujetos. La vida en Padova, que sigue, mientras tu avanzas, camino a clase. Una conexión de dos momentos distantes en espacio, vecinos en el tiempo.

No encontrar el aula. Llegar tarde. Una asignatura que de útil, atrapa. El entusiasmo en cada segundo. La ciencia y el escribir convergiendo en un mismo punto. El descanso entre horas. Un abrazo sincero de cada uno de mis compañeros. La alegría del rencuentro. Novedades de laboratorio y de clases. El pelirrojo que se me acerca y que murmura un “te hemos echado de menos”. Un cumpleaños y un recuerdo de Roma. Salir de clase y de nuevo el metro. Una conversación feminista que se prolonga un Chamartín-Atocha.

Caminar por unos segundos. De nuevo Taylor Swift, porque cuando me da por una canción, no hay quien me la quite, y porque habla de ojos verdes y de decir hello, y de volver a casa, y conocerse mejor.

Llegar a casa. Poner música y hacer el tonto por unos minutos mientras mi padre cocina cuatro truchas.

Cenar. Todos juntos. Una carcajada colectiva; y otra; y otra. Y otra. “Seguro que en Padova no te ríes tanto, ¿eh?”. “Bueno, es que no te hemos contado la historia de los siete euros del banco”. “Ya sabes cómo se pone tu madre cuando reivindica algo”. Y risas. Y risas. Y más risas. Y mi abuela y su “Luis, dime si no darías algo por ver desde un agujerito a tu hermana viviendo con la polaca y la italiana”.

– Bueno, recogemos y me ducho, que yo quiero escribir un rato.

Y que venga tu hermano, con la música en el móvil y la conversación sobre los labios. Que si mira donde estuve el fin de semana pasado. Que si mira la gente de clase. Que si mira qué libro de Filosofía me he cogido. Que me encanta la Física. Que es impresionante.

 – Bueno, va, que me pongo a escribir, ahora en serio.

Meterse en la cama y coger el ordenador. Abrir el documento de Word y ver, en segundo plano, la manta fina y naranja, doblada sobre sí misma, en un borde de la cama.

– Esta mañana al levantarme te he tapado porque me parecía que tenías frío – mi madre entra en mi cuarto para desearme buenas noches. 

Sonrío.

– Lo sé, estoy escribiendo sobre ello. 

Se encoge de hombros. “¿Sobre la manta?” pregunta antes de irse, sin entender nada. 

Pero es que quizás sea eso, ¿no?

Quizás volver a casa sea algo tan simple como eso.

Despertarte, 

en la mañana, 

y descubrir 

que tienes 

una manta 

naranja

echada, 

sobre tus sábanas.

-Inés-

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Mención especial a mi familia por venirme a recoger al aeropuerto (familia en la que también Víctor está incluido, por supuesto).

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