Resulta increíble cuanto puede cambiar una vida en apenas seis meses de tiempo.

Mi primo Lucas cumplió hace unas semanas un año y medio de vida. Un año y medio de risa continua, de ojos traviesos y de rizos en el pelo. Un año y medio en el que, el último en llegar, se transformó en protagonista de mi familia, en el centro de los cumpleaños, en el punto de mira en la cena de Noche Vieja. Mi primo Lucas tiene tan solo un año y medio, por lo que seis meses le suponen en realidad un tercio de su vida.

Supongo que el cambio para mí es más notorio dado que no le he visto apenas.

Y es que en estos seis meses Lucas ha aprendido a andar. Ha dejado de gatear y de tambalearse cogido de la mano de cualquiera para convertirse en un todoterreno de dos piernas, que escala sillas y corre en los pasillos. En seis meses Lucas ha descubierto el mecanismo de los interruptores con ese brillo en los ojos de quien estrena el mundo por vez primera; la magia que encierra pulsar una tecla y crear luz.  En seis meses Lucas a aprendido a hablar. Ha pasado de balbucear sílabas inconexas a memorizar palabras complejas. En seis meses Lucas se ha aprendido el nombre de todos los integrantes de su familia, y a decir que no, y a llamar “bisa” a mi abuela Pepita. En seis meses Lucas ha aprendido a brindar con su botella de agua, a jugar por su cuenta, a imitar la risa de mi tía, a lavarse los dientes, a señalar las cosas que queman, a contar hasta tres; a indicar que después del pantalón le toca el turno a los calcetines.

Resulta increíble, ¿verdad?

En estos seis meses la vida de Lucas ha evolucionado drásticamente. Seis meses en los que ha crecido y cambiado, seis meses de desarrollo acelerado, de descubrimiento de vida, de pulso continuo, de sentimiento marcado.

Seis meses suponen un cambio notorio en un niño que cuenta con menos de dos años.

Y para nosotros,

en cambio,

seis meses se acumulan monótonamente en el saco de tiempo vivido.

Sin cambios.

                Sin prisas.

                                Sin sobresaltos.

                                               Sin ruido.

                                                                Sin risas.

Sin siquiera producir un solo cambio…

                                                                                ¿no?

Hace seis meses vine a vivir a Padova.

Seis meses.

O un tercio de vida.

– Inés –

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