Una de las increíbles manías que tiene Elena es buscar tesoros en las basuras. 

Elena vino a verme el pasado fin de semana. Aprovechando que no estoy en España, decidió conocer la ciudad en la que ahora vivo, se cogió un avión y se presentó en la puerta de mi casa antes si quiera de que me hubiera dado tiempo a adaptarme a mi nueva vida. Siempre he pensado que es superdotada. O, al menos, que tiene una capacidad inigualable para desenvolverse en cada situación que se le presenta. Habla inglés, francés y alemán a la perfección. Cocina mil platos diversos, sabe detectar momentos que merecen ser fotografiados y es capaz de dar consejos a cualquiera. El primer día intenté cuidarla, hacerme cargo de ella, ofrecerle una casa. Ya sabes que nunca he podido disfrutar de ser anfitriona, por lo que aquella era en realidad la primera vez que hospedaba a alguien. Y quería hacerlo bien. Fui al supermercado y compré todos los productos que vi que encajaban en su dieta naturalista y vegana. Limpié mi casa. Preparé una tarta. Y puedo decir con orgullo que el primer día lo conseguí. El resto, sin embargo, quedó en el intento. A partir de la segunda mañana, da igual que sufriera de insomnio y no aguantara en la cama, da igual que a las siete ya estuviera levantada: para cuando llegaba a la cocina el desayuno ya estaba listo para mí y para el resto de mis compañeros de piso. Así de única y especial es Elena.

Y una de las increíbles manías que tiene es buscar tesoros en las basuras.

Fue así como encontramos un violín, dentro de un estuche azul, en perfecto estado. Ahí estaba. Listo, impoluto. Esperándonos. Un resquicio de realidad que habría pasado por alto si no fuera porque hay gente que posee el don de ver más allá. Un puñado de átomos que había sido categorizados como basura por alguien y que a nosotras, en cambio, se nos antojaba como el mejor de los regalos posibles. La tarde acababa de adquirir una banda sonora y en la luz del atardecer del río podían sentirse las notas.

Nada más llegar a casa le contamos a mi compañero de piso nuestra pequeña gran hazaña. Él escuchó la historia sin interrumpir, frunciendo el ceño y, al acabar, pidió examinar el violín de cerca. Pasó unos segundos acariciándolo con los ojos, mirándolo en silencio. Elena y yo intercambiábamos miradas de incomprensión, la complicidad compartida en el no entender, hasta que finalmente alzó la voz y, con ese aire místico y espiritual tan propios de su persona, dijo un “El violín está triste. Es necesario meterlo en sal y esperar”. Y sin decir nada más, marchó a su cuarto.

Sobra decir que Elena y yo le hicimos caso omiso. He de confesar que mi compañero es un poco raro, pero ya sabes que a mí la gente normal me aburre, así que en realidad en el poco tiempo que llevo aquí le he cogido ya bastante cariño, y me tomo sus extravagancias como una parte, ya inseparable, de lo que es mi experiencia en el extranjero. Así de tontos somos los humanos.

Al día siguiente, Elena y yo nos cruzamos sin prisas la ciudad en bici. Habíamos quedado con mi compañero en el centro, pues insistía en que quería enseñarnos un lugar especial antes de que mi amiga regresara a Madrid y al final, entre las fotos y las risas, terminamos llegando una hora tarde. Pero a él no pareció importarle y nos recibió con un abrazo en uno de los mercados más antiguos de la ciudad.

Nunca he visto un lugar tan lleno de Vida, te lo aseguro. De color. De gente. De música. De bailes. De gente. De Vida. Un experiencia de cinco sentidos. Las palabras de las conversaciones se enredaban en un murmullo colectivo. Se perdían. Se personificaban. Las risas. La compra. La venta. El naranja de las mandarinas y el verde de las peras. Un sinfín de colores a un golpe de vista. Una paleta repleta de vida.

Pero lo mejor no fue eso.

Lo mejor fue que, al final de la visita, en una de las esquinas del mercado, un hombre que superaba los setenta se había puesto como meta conseguir que la música pudiera tocarse. Por ese motivo, tenía dispuestos sobre el suelo más de noventa instrumentos musicales que, en especial los niños, pero en realidad cualquiera, podían coger, tocar, acariciar, experimentar. Con ganas. Sin miedo. Con ganas. Con muchas ganas. Hay gente que se esfuerza por hacer del mundo un lugar mejor, ¿sabes? Aunque sea con un gesto tan insignificante y anónimo como una esquina en un mercado en la ciudad de Toulouse, en el sur de Francia.

En aquel momento Elena y yo nos miramos y dedicamos una sonrisa cargada de gratitud a mi compañero de piso.

                                             El raro.

                                                                 El extravagante.

                                                                                                   El espiritista.

El remedio de un violín a su tristeza se encontraba en aquel lugar,

en aquel mercado,

en aquella preci(o)sa esquina.

*   *   *   *   *   *   *   *

Pi…. pi…. pi… 

– Silvia, te estoy llamando por Skype pero no te llega. Prueba a llamarme tú, a ver si así.

– A ver…

Pi…. pi… pi…  piiiiiiiiiiiiiii

– ¡¡¡Silvia, preciosa!!!

– ¡¡¡Inés!!! Ay, qué alegría, ¡por fin!

– ¡Míranos! Tu en Toulousse y yo en Padova. ¿Qué tal, tía? ¿Cómo has empezado tu Erasmus?

– Pufff… te tengo que contar una de cosas….

– Empieza, empieza, ¡que estoy deseando escuchar!

– Madre mía… ¿por dónde hacerlo? Es que hay tanto… ¡Pero tanto, tanto Inés…! Ni te lo imaginas, en serio. Bueno, antes de nada, ¿sabes que la semana pasada vino a verme Elena?

– ¿Elena? ¿Quién es exactamente? No me suena.

– ¿No? Pues es una crack, de verdad… Yo creo que tiene que ser superdotada o algo, porque es alucinante, te lo juro. Habla francés, inglés, alemán… No sé si será superdotada de verdad o no, pero te digo yo que tiene un don para adaptarse perfectamente a cualquier tipo de situación. Es que no es normal, de verdad, te lo juro. Pues bien, una de las increíbles manías que tiene Elena es la de buscar tesoros en las basuras…

*   *   *   *   *   *   *   *

Sin poesía no se vuela.

– Inés –

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