– La noche de hoy te va a resultar algo aburrida, pero es solo tu primer día. A partir del segundo ya te dejamos salir del coche.

Mientras dice esto, la operatrice cierra con un golpe brusco la puerta de atrás de la furgoneta. La noche es fría. Mi cuerpo tirita bajo el abrigo, bajo el jersey verde y el gordo y negro de lana. El coche arranca y se pone rumbo a Vicenza.

– Como sabes hacemos recorridos en tres ciudades distintas, hoy nos toca recorrernos la parte norte de Vicenza. Allí hay mucha sudamericana, así que la próxima vez que vengas, cuando te puedas bajar, van a estar encantadas de poder hablar español con alguien.

La distancia es de aproximadamente treinta minutos (que quieren, mi padre me pegó la manía de medir el espacio en tiempo). Yo ametrallo a preguntas porque me han dado rienda suelta para hacerlo y la curiosidad y las ganas son demasiado grandes. Somos tres en el coche, pero en Vicenza recogeremos a un cuarto: la operatrice, que es la psicóloga que se encarga de hablar cada prostituta, dos voluntarias, que se alternan para acompañarla y ofrecer té, galletas, hoja informativa y preservativos, y el conductor, que siempre siempre es un hombre.

– Es imprescindible tener una figura masculina en el coche. En este mundo los roles de hombre y mujer están muy marcados, y hay que ponerse en sintonía, por si acaso.

La conversación sigue fluyendo. Que si que estudias. Que si qué haces aquí. Que si qué te gusta de Padova. Que cuánto italiano hablas para llevar aquí tan poco tiempo. Y resulta que la operatrice es española. Y resulta que es de Aranda de Duero.

– Hombre, Aranda de Duero…

– ¿Lo conoces? – me sonríe.

– Sí, bueno… Es que mi colegio… verás, tiene distintas sedes en España, yo estudié en el de Madrid pero tienen uno también en Aranda, y en los veranos íbamos allí a hacer campamentos. Se llama San Gabriel, no sé si lo conoc…

– ¡Hombre, el San Gabriel! Por supuesto, ¡pero si allí estudió mi hermano!

Un punto en común cálido e improbable que brota en el interior de un coche, camino a Vicenza, a las diez y media de la noche.

– Sabes lo que ocurre con las nigerianas, ¿no? Sí, si no me equivoco os lo explican en el curso de formación… Ya sabes que en esta región hay principalmente tres poblaciones de prostitutas, ¿verdad?: sudamericanas, que suelen ser trans, de Europa del Este y nigerianas. Y sabes lo estás últimas, ¿no?

Mi memoria desentierra información consolidada allá por el mes de Diciembre.

– Creo que sí… Pagan mucho por un viaje muy largo que les promete un trabajo digno y cuando llegan aquí han adquirido una deuda muy superior a aquella que les dijeron en un principio y la prostitución es el único modo que les dan para pagarla, ¿no?

Ella me sonríe a través del espejo.

– Exacto. Con las nigerianas tenemos una aproximación distinta, porque son tantas que no abarcamos a crear una relación personal con ellas. Y además como siempre cambian de nombre y de peluca, es difícil reconocerlas de encuentro a encuentro. Así que con darnos a conocer como asociación nos basta.

Frunzo el entrecejo sin llegar a representarme lo que me dice.

– ¿A qué te refieres con que son tantas?

– Ya lo verás, son como unas diez, doce…

Y yo asiento fingiendo que entiendo sin añadir nada más. Culpo al italiano de mi falta de comprensión y hago que la conversación finalice desviando la mirada a través de la ventana.


 

– Ahí está, dejo el coche a su lado y nos recolocamos.

Llegamos al aparcamiento en el que empezaba la noche. Distingo a lo lejos un hombre de barba blanca que supera los cincuenta y que lleva algo más de cinco años colaborando como conductor en esta causa. Alessandro me cae bien desde el segundo mismo en el que le estrecho la mano presentándome: se nota en su modo de mirar que este hombre es buena gente.

Será deformación profesional, pero me encanta bucear en los ojos de una persona cuando apenas la conozco. Me gusta el proceso lento y cálido por el que un extraño deja de serlo. Ese intercambio de matices, ese proceso de revelación y revelado, ese conocimiento compartido a través del cual se teje un algo: un mero contacto de un día o una relación de varios años o una amistad incipiente o un duradero noviazgo.

Me encanta bucear en los ojos de una persona cuando apenas la conozco. Entrar en el iris y ver cómo se ve el mundo de otro modo. Ir componiendo en pinceladas el cuadro de un paisaje no visto, único e irrepetible, porque cada relación es un mundo y su percepción es personal e intransferible. Entrar en el terreno de las “Cosas Que No Se Pueden Poner En Palabras Pero Que No Por Ello Existen Menos”.

Me encanta bucear en los ojos de la gente cuando apenas la conozco porque siempre he pensado que es a través de  ellos como se alcanza el alma, si es que existe tal cosa, o como se llega a la isla, como a mí me gusta llamarla, en una de esas metáforas con las que describo y empaño de poesía la realidad a la que me enfrento cada día. Es a través de ese baño en el iris, que se ha de hacer desnudo, desprovisto de piel y de prejuicios, como se llega a conocer, en mi modo de entender la vida, realmente a alguien.

Y es desde ya ese primer baño, de iris marrón, mirada atenta y ojos cálidos, desde el cual se percibe que Alessandro pertenece al puñado de gente afortunada que vive en la acera de la simplicidad de la vida, lo suficiente comprometido con la mejora de la sociedad como para implicarse en el cambio y lo suficiente modesto como para aclarar que su gesto vale en realidad poco menos que nada.

– Hombre, ¿de Madrid? – y descubro que, a diferencia de los madrileños, él no sustituye la d final del nombre de mi ciudad por una sonora zeta – yo estuve allí viviendo unos meses, por mi trabajo. Mi apartamento estaba en el barrio de Chueca, ¿sigue siendo el barrio “gay-friendly“?

Y yo sonrío al recordar las calles de la zona. Y una punzada dulce de nostalgia me pellizca el estómago al recordar mi casa.


*Missing part*


– ¿Podría hacerte un par de preguntas? Eh… ¿cuántos clientes tienen por noche aproximadamente? Es que no tengo ni idea, no sé si muchos, no sé si pasan semanas sin clientes…

Ella me mira a los ojos por el espejo del retrovisor.

– A ver… es difícil darte cifras exactas, pero un cliente por noche es bastante poco, para que te hagas una ida.

Trago saliva. Mi mente comienza a crear imágenes que me gustaría no ver. Sonrisas congeladas por el frío y por unas manos que tocan por necesidad y dinero.

-¿Todas estas niñas… digo chicas… todas ellas van a tener hoy al menos un cliente?

– Sí, pero en realidad es algo “bueno”… Entiéndeme… Es el modo que tienen para ganar dinero.

– Ya, lo sé… Pero… y ¿cuánto ganan más o menos?

Ella sonríe con los ojos. Imagino que el primer día las dudas que se tienen son siempre las mismas.

– Esa es una de las preguntas más difíciles de contestar… Depende de muchos factores, la edad, la temporada, lo que se cobre en la zona, el país de procedencia… Las nigerianas por ejemplo son las que más barato se venden, por diez euros ya hay chicas que…

La interrumpo, sin pretenderlo.

– ¿Diez euros? – la cifra me estalla en la cabeza – ¿Por tan solo diez euros? – mi voz no disimula ni la angustia ni el desasosiego – ¿Me estás diciendo que hay chicas que se venden por tan solo diez euros? – El número se me escapa de los labios y se materializa, allí mismo, a mi lado. Se acomoda en el asiento del medio y se abrocha el cinturón, pues ante todo es educado. Me mira pidiéndome disculpas por su existencia y se encoje de hombros, como diciendo que qué va a hacer él. Que es que hay chicas a las cuales su situación les hace venderse por nada. Está demasiado gordo; su codo se me clava en el costado y hace que me encoja en mi asiento.

– Sí… así es… Luego las hay que cobran más, claro. Las trans, por ejemplo, dicen que son las más cotizadas porque saben cuidar a sus clientes.

A cada palabra que me dice la operatrice yo siento que me alejo un paso más adentro. Sigo allí, pero la distancia, de real y evidente, parece física, a pesar de seguimos compartiendo el mismo techo. Imagino que es algún mecanismo de defensa, o que sencillamente mi cabeza necesita tomar perspectiva para empezar a procesar la realidad que se me presenta. Uno de esos matices que en el día a día sencillamente ignoramos, porque vivimos mejor pensando que no existe.

Pasamos al lado de otra chica. Y otra más. Y otra. En algún momento he dejado de saber con cuantas han ya hablado. Al inicio del recorrido intentaba quedarme con los nombres. Ante la imposibilidad inmediata de la tarea, intenté al menos llevar la cuenta, pero en menos de una hora, ya no sé si llevamos veinte o cuatro decenas. En realidad no sé qué número me esperaba, pero la cantidad de chicas que hemos ya visto supera con creces aquello que me había imaginado.

Y yo,

         que solo pienso,

                               que para cada

                                                            una

                                                                     de

                                                                            esas

                                                                                     chicas

                                                                                              en solo esta noche

                                                                                                                             habrá al menos un cliente.

Triste es que haya tantas putas,

pero más triste aún es que existan tantos clientes.

 

A ellas les empuja las dificultades de una vida no elegida.

Su número representa la injusticia que existe en el mundo.

Ellos, sin embargo, tienen capacidad de decisión.

Su número representa el más puro egoísmo humano.


En cada pausa del coche, Alessandro retoma el tema de conversación que habíamos iniciado, rescatando recuerdos de Madrid, de sus años de voluntariado, preguntándome por planes de futuro y por los meses que en Padova había pasado.

– En cierto sentido creo que me apetece vivir en una ciudad tan grande como Madrid. Yo es que soy de Vicenza, ¿sabes? – y sonrío al escuchar ese “sabes” final con el que la gente de la provincia del Véneto termina siempre todas sus frases. – Y es que con los años la ciudad se te queda pequeña.

Y mientras habla paramos con otra chica. Y otra. Y otra más. Y otra que lleva una vistosa peluca rosa que le supera la cintura, llena de trenzas y de mechas claras. Y la palabra entra en el coche, y se me coloca a la altura de los ojos, entre la cabeza y el asiento de delante. “P-E-L-U-C-A”. Así, en letras grandes. A la altura de los ojos, entre la cabeza, y el asiento de delante.

Yo me quedo mirando las letras mientras siento como mi cuerpo se distancia un pulso más a cada segundo de vida. La conversación de Alessandro me empieza a llegar en diferido, y yo comienzo a responder en automático, a asentir y sonreír de vez en cuando. Mi cabeza está en otro lado, enredada en la caligrafía de las letras L y U, cuando la palabra “CLIENTE”, que llevaba un tiempo haciendo eco en mi mente, me abandona por un oído y se sitúa a la derecha, al otro lado del número diez, que sigue ocupando demasiado espacio. Intento mantener la calma y respirar hondo para tranquilizarme, pero el coche se está empezando a quedar demasiado pequeño. Demasiado estrecho.

La operatrice y la otra voluntaria entran de nuevo en el coche, y nos ponemos en marcha. Hablan pero no escucho. Estoy lejos. Intentando pensar en otras cosas. Mirando por la ventana.

De pronto, Alessandro da un frenazo con el coche y éste se para junto a la cuneta. Yo vuelvo de golpe al presente.

– ¿Estas también? Pero son demasiado jóvenes, ¿no?

No entiendo a qué se refiere, y miro hacia la calle.

Y ahí están.

Dos niñas de brillo en los ojos y sonrisa blanca. Cruzamos una mirada y una súplica en mi cabeza estalla. “Ellas no, por favor” – sigo callada, inmóvil y en silencio en la soledad de mi asiento – “Por favor, si se les ve ingenuidad en la cara. Por favor, que sean dos chicas que se han perdido, que estén en la calle porque querían pasear un tiempo, porque no querían estar en casa, porque han discutido con sus padres, qué se yo… Pero ellas no, por favor, por favor, por favor”. Pero el coche ya ha parado. La operatrice ya se ha bajado y la voluntaria ya ha comenzado a servir té y ofrecer galletas. El motivo que les lleva a estar en la calle es simple, duro y claro.

Después de diez minutos vuelven a entrar en el coche. Inician una conversación, pero yo ya no estoy ahí. A mí solo me llegan los ecos, palabras entrecortadas que atraviesan la muralla que ha crecido, inútil, a mí alrededor. Te cuentan que hay hombres en Europa del Este que se sientan en las salidas de los colegios para vigilar qué niñas son más atractivas, y claro, eso te deja un mal cuerpo… “EUROPA DEL ESTE”, “NIÑAS” y “CUERPO” se materializan. Como hombre, siempre me pregunto, ¿cómo eres capaz de pagar por algo así? Si se ve en su cara que ellas no quieren. “PAGAR” se sitúa al lado de “CLIENTE” y veo como el Número Diez les guiña un ojo sugerente. “La creencia de la libertad es una ilusión bajo la cual vivimos”. “LIBERTAD” aparece marchita y tenue, junto al copiloto. ¿Y lo del Black Taxi, qué? Qué cabrones… Que les hacen pagar diez euros a testa por trayecto… Un TAXI empieza a discutir con el Número Diez, a mi derecha. CLIENTE sonríe divertido. Se multiplica. “Existen pueblos en Europa del Este en las que la población femenina, de una determinada franja de edad, sencillamente no existe, porque todas vienen aquí a trabajar de “camareras”. Y el coche sigue parando, y arrancando, y otra chica, y otra, y más té, y otro par de galletas, y otra chica. Y otra. Alessandro sigue sacándome tema en cada pausa pero la conversación se hace cada vez más difícil. La operatrice baja del coche, y sube, y baja, y otra chica, y baja, y sube.  Él sigue hablándome de Madrid, de las grandes ciudades, preguntándome que qué es eso de la Neurociencia, pero sus palabras me llegan cada vez menos. Tengo dificultad para verle a través de las letras condensadas. Agacho la cabeza, intento hablarle por debajo de la palabra “CAMARERA” pero sus letras se entremezclan con la palabra “MADRE” y la palabra “VERGÜENZA” y ya ni siquiera alcanzo a ver sus ojos, amables, cálidos y oscuros. Respiro con dificultad. El espacio cada vez es menor y el aire se está acabando. Respiro pero el aire no llega. ¿Pero cómo ellos no lo notan? Que ya no hay aire en el coche, que alguien baje la ventanilla, o abra una puerta, o haga algo, ¿no? Que vale que seamos solo cuatro, pero no contábamos con que las letras se comieran tanto espacio. El Número Diez me pone una mano sobre la rodilla intentando tranquilizarme pero yo se la quito de un manotazo. Respiro, pero el aire no llega. Cada pensamiento que me pasa por la cabeza se termina materializando y robando así un poco más de espacio. Intento no pensar, pero es imposible. Y respiro. Pero el aire no llega. Mira, un cliente. Y la palabra, ya presente, aumenta aún más de tamaño. Intento no pensar, pero el aire no llega. ¿Y ellas?  Me digo. ¿Qué pensamientos tendrán ellas en la soledad del sexo? ¿La lista de la compra? ¿Su vida en el país del que venían? ¿Su familia? ¿Su casa? Cuando estén trabajando, ¿tendrán algo en la cabeza o serán capaz de mantenerla en blanco? Y entonces, movidas por un huracán, zarandeadas por un terremoto, un puñado de frases y pensamientos entran de golpe en el coche. Palabras jamás pronunciadas. Jamás compartidas. Sin presencia física. Que jamás habían ocupado ni espacio ni tiempo. De golpe. Todas ahí. Apretadas contra los ventanillas. Empujándose unas a otras intentando adquirir por una vez algo de protagonismo. Una SOLEDAD INFRANQUEABLE deja su firma en todas. Respiro, pero ya no hay sitio. El espacio libre se ha convertido en una utopía inalcanzable. Impracticable. Inhabitable. La conversación de Alessandro y la operatrice sigue escupiendo palabras, que siguen robando más y más espacio. Respiro, pero el aire no llega. El coche que para. La operatrice que baja. ¿Quedan galletas? Y otra chica. Y otra. Y la voluntaria. Que sube. Y que baja. La operatrice. Que subje. Que baja. Y otra. Y otra más. No hay aire. Me ahogo. Me falta la respiración. No me llegan las letras.

                   Respiro hondo.

                                 Pero el aire no llega.

 

Pausa.

La solución aparece entonces en mi cabeza:

ESCRIBIR

Tengo

Que

Escribir

Sobre

Esto.

 

Silencio.

 

Absoluto silencio.

 

 

Alguien ha dado al botón de pausa.

 

Un oasis de aparente calma.

 

Todo sigue ahí pero ya no hace ruido.

 

Todo se mueve con lentitud, con suavidad, de forma blanda.

 

Las palabras siguen flotando, el aire sigue siendo escaso, el número diez sigue sentado a mi lado, pero ya no hay ruido, ni viento, ni tempestad, ni marea.

 

Respiro con dificultad.

                                               Pero respiro.


– ¿Qué tal ha ido? ¿Sigues viva?

Salgo del coche. Siento cómo el frío me abraza. A pesar de mi abrigo. A pesar del jersey verde. A pesar del jersey negro y gordo de lana.

– Bueno, ya verás, si es que la primera noche es la más aburrida…

La voz no me alcanza los labios. La palabra desencadena un eco en mi mente. “Aburrida. Aburrida. Aburrida…” El significado no me llega por alejarse demasiado de la descripción de lo vivido. “¿Aburrida?”. Sonrío cordialmente y me despido con un gesto hasta la semana siguiente.

 


 

Ayer comencé a colaborar con la “Unità di Strada” de la asociación Mimosa.

 

Mimosa: nombre de la asociación que posee la “Unidad de Calle”.

Puta: nombre de la población con la que trabajan; mujer que ofrece sexo a cambio de dinero

Mimosa: en italiano, nombre de la flor que se regala a la mujer el día 8 de marzo.

Puta: malsonante. Calificación denigratoria. Peor insulto que puede recibir una mujer.

Mimosa: en español, persona aficionada a los gestos de cariño, afecto y ternura.

Contracondicionamiento: en psicología, proceso por el cual una palabra o evento pierde su carga emocional negativa como consecuencia de la asociación de la misma con una palabra o evento que posee carga emocional positiva.

-Inés-

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